Por Antonio de Murcia

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Los simples mortales nos enteramos poco de todo lo que se cuece en las alturas. Los poderosos que manejan los hilos de los aparatos de poder tienen los medios para blindarse en las cúpulas donde fraguan sus designios y no muestran más que una parte superficial y controlada de sus propósitos. Nosotros, humildes hormigas laboriosas, no pertenecemos a ese mundo suyo; no frecuentamos sus salones de sociedad, no pisamos sus salas de decisión y no sabemos ni dónde están sus salitas de conciliábulos y contubernios. Sólo por sus actos los conocemos, aunque sus actos son deliberadamente oscuros en el fondo o en el trasfondo. Interpretarlos lleva tiempo y esfuerzo sorteando señuelos y engañifas. Y prudencia, pues siempre hay que tener en cuenta y prevenirse contra dos fuentes de error: lo que no sabemos y lo que ignoramos que no sabemos. En ese marco de política aparente las afirmaciones analíticas sólo tienen validez provisional, a la espera de que hechos subsecuentes demuestren su validez para interpretar y esclarecer por cuáles derroteros pretenden llevar al mundo.
Haré aquí un resumen esquemático de los acontecimientos recientes, que tanto afectan nuestras vidas, enfocados a la luz de la pugna entre USA y China por la hegemonía mundial. No ignoro la terrible complejidad de un mundo interconectado, pero antepongo ese conflicto fundamental a la casuística regional de las potencias menores. Tras la decadencia de Europa, devastada dos veces en las guerras del s. XX, un mundo multipolar es más un deseo de algunos estados emergentes que una realidad de hecho. Parodiando un viejo chascarrillo de la época de la guerra fría se puede afirmar que las cuatro grandes potencias mundiales son tres: Estados Unidos y China. De hecho, aquella guerra fría terminó con el colapso de la URSS, pero continúa con este otro contendiente. Además in crescendo, y no tanto por rivalidad ideológica (que no hay) sino por lograr la supremacía económica y política entre dos estados imperiales: USA por mantenerla y China por alcanzarla.
LOS HECHOS
Como bien sabemos todos, en estos últimos años nos ha caído encima un alud de operaciones mortíferas, resumidas en la siguiente lista, por supuesto incompleta:
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Una epidemia convertida desde el principio en pretexto para el control total mediante el terrorismo informativo, los protocolos criminales y el caos legislativo.
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Imposición de una inoculación masiva con preparados enfermantes en alto grado.
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Imposición de un pensamiento único mediante el soborno a los principales agentes de información, a los agentes culturales y a las universidades.
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Censura y descalificación de todo discurso discrepante.
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Extensión de las tecnologías de vigilancia y control social.
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Una catarata legislativa (propiciada por el Pacto Verde de la ONU, activado en la UE) contra el sector primario de la economía.
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Incremento de la pobreza material y de la dependencia económica en la población.
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Tráfico masivo de esclavos hacia Europa y Estados Unidos.
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Un Feminismo de Estado entregado a corromper las relaciones entre los sexos.
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Ofensiva del transhumanismo queer.
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Promoción subvencionada de la ideología woke.
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Por último y en pleno vigor, el terrorismo informativo a propósito del “cambio climático” y de la amenaza de guerra.
Operaciones todas promovidas por los dirigentes de organismos supraestatales (ONU, OMS, UNESCO, Comisión Europea, Fundaciones y ONGs) y ejecutadas por muchos gobiernos de todos los continentes, tanto de la llamada derecha como de la llamada izquierda; algunos con mucho entusiasmo, como por ejemplo los jóvenes líderes de Francia, Canadá, España, Gran Bretaña y Australia, que parecen (por sus hechos los conoceréis) criados a los pechos del capital financiero globalitario.
El objetivo estratégico conjunto de tal maquinaria multifunción es el debilitamiento de las poblaciones hasta privarlas de toda capacidad de respuesta, oposición y rebeldía. Prioritariamente, destruir lo que queda de las sociedades occidentales, y en concreto la eliminación de la tradición cultural europea.
En todas ellas, una por una, se detecta la actuación colaborativa en proporciones diferentes (según las distintas funciones y el grado de consciencia de su papel) de los tres actores que la implementan: la clase política derecha e izquierda; el capital que financia la propaganda en el terreno cultural y la ejecución en la práctica; y al fondo, moviendo sus hilos con discreta paciencia, el aspirante chino.
LOS ACTORES
Una precisión preliminar. Es claro que las decisiones políticas las ejecutan individuos. Es menos evidente que esos individuos con poder han sido seleccionados y encumbrados en el seno de grupos que detentan la hegemonía social en un determinado momento. Sus actos, pues, responden a los designios de su grupo de poder.
El marxismo, que tanto descarrío y confusión ha sembrado en el campo de los desposeídos, nos legó sin embargo una noción clave para entender la dinámica capitalista: que la sociedad se articula en clases sociales antagónicas. El concepto de clase social no es un mero indicador del lugar ocupado en un escalafón de ingresos o posesiones, sino que indica un organismo colectivo que pugna por hacer prevalecer sus intereses. Es por tanto una fuerza consciente de sus intereses de clase que actúa en pro de esos intereses.
Los estados modernos se configuraron en orden a favorecer los intereses de la nueva clase dominante burguesa-capitalista. El sistema parlamentario le aseguraba la hegemonía política, el estado le preservaba la propiedad del producto social y el dinero garantizaba el triunfo de sus valores en el terreno cultural y moral. Así, el capitalismo se ha desarrollado al amparo de los estados. A la vez se ha hecho más y más internacional en alas del progreso del transporte, el comercio y la transferencia de datos. La clase capitalista ha extendido triunfalmente su sistema por todo el globo. Comparte intereses globales. No es de extrañar que promocionen los entes globales que los salvaguardan.
Por su parte, los estados, por más que anden conformando entidades supranacionales, no se han diluido en ellas. Los estados poderosos las utilizan para incrementar sus poderes imperiales y los estados subordinados se adscriben a una u otra área de influencia.
Se puede ver una cierta asimetría en estos dos ámbitos de gestión del poder. En razón del desfase en estas respectivas evoluciones, las clases dirigentes aparecen divididas en dos sectores con intereses, si no contrapuestos, al menos difíciles de armonizar.
El capital financiero, merced a las tecnologías de información, ha completado su globalización. El dinero, a estas alturas de evolución, sólo es ya números en un panel digital y ha alcanzado su forma suprema: el crédito, que como bien indica el término es en esencia fe (en el sistema). Por su parte, un sector del capital industrial, con capacidad transnacional, ha trasladado sus factorías a países de menores costes de producción. Su incremento de lucro depende de que el sistema global se imponga a la capacidad de acción de los gobiernos locales. La élite capitalista no es homogénea. Una parte de ella, la más poderosa, aspira a un dominio absoluto sobre el mundo y en esto confluye con el modelo totalitario chino.
El estado chino, identificado con el Partido Comunista Chino, sigue adelante con su política expansiva en todos los sectores: producción, comercio, finanzas, diplomacia, fuerza militar —que se incrementa año a año— y cultura. Todas las empresas chinas con acción exterior están participadas y controladas por el estado. Construye infraestructuras, financia deuda y explota materias primas en todos los continentes. Además de llevar a cabo acuerdos comerciales y culturales con países individuales (Venezuela, Panamá, Méjico, Cuba, Brasil; Rusia, Irán, Afganistán, Arabia, Egipto, Etiopía, Emiratos; Sudáfrica, India, Sudeste asiático, etc.), aumenta su influencia en organismos supra (ONU, OMS, Unión Europea). En su larga marcha global, el estado chino confluye con el capital transnacional.
La llamada izquierda también ha querido siempre ser global de mayor. En las últimas décadas andaba decaída. La parte más comunista, anonadada por el derrumbe de la URSS (imperio del que nadie podía ya negar lo que siempre había sido: un estado explotador y opresor de sus pueblos) y además reducida a la irrelevancia por las gentes en sus respectivos países. La parte más socialdemócrata, hecha a servir al gran capital durante las mismas décadas y envilecida en la gestión de la decadente sociedad del bienestar. Ambas izquierdas con la vocación estatista de convertir la antigua clase obrera revolucionaria en clases pasivas de rentistas pobres. De pronto, le llega de arriba, elaborado por oficinas de diseño ideológico, un popurrí de consignas con que llenar su vacío existencial. Consignas transmitidas a través de cientos de organizaciones regadas generosamente con muchos dineros por unos afamados plutócratas y por unos opacos fondos de inversión. Y la izquierda se enamora de la ONU y de su Agenda 20-30, y se hace feminista a rabiar, se hace woke, se hace queer y casi casi pedófila, se hace negra, se hace mora, se hace traficante de esclavos y se hace lo que le manden. Todo sea por pintar algo, lo que sea, en la aldea global. No diréis que no es curiosa la identificación (ideológica y práctica) de la izquierda anticapitalista con el gran capital, el cual de pronto se ha hecho izquierdoso, ecologista, feminista, benefactor y solidario.
Así que los tres bloques agentes protagonistas de las políticas globalistas comparten una misma ambición: el sector de las élites, aumentar su grandeza; la Izquierda woke, ganar un poco de grandeza; y China, imponer su grandeza. Trascendentalmente hablando, los tres sueñan con perdurar en el tiempo, controlarlo, y alcanzar cierta forma de inmortalidad. Tres objetivos confluyentes perseguidos, si no en alianza formal expresa, sí en coordinación. Y al fondo, como un fantasma recorriendo el mundo, el modelo a seguir del Partido Comunista Chino.
Ah, por cierto, la derecha política, adocenada por siglos de disfrute de su grandeza, dispuesta a servir al amo que gane la carrera.
EL IMPERIO CONTRAATACA
Como digo, la clase dirigente del Imperio de Occidente no es homogénea. En el centro del sistema, los Estados Unidos, buena parte del aparato del estado, con el ejército a la cabeza, junto con un sector del capital industrial, ha reaccionado ante el proceso (que dura ya varios lustros) de declive de su poder imperial: ha activado todos los recursos para mantener la hegemonía norteamericana establecida al fin de la II Gran Guerra. El estado-capital añejo ha retomado el control en base a la idea patriótica de volver a “ser grandes”: la vocación imperial disfrazada de “defensa de la nación” para congregar bajo esta divisa a la mayoría electoral.
Ciertamente la crisis del poder norteamericano se ha hecho evidente. Su mayor poderío militar no contrapesa sus desventajas en economía. Buena parte de la deuda norteamericana está en manos chinas. USA ha perdido influencia en América del Centro y del Sur en favor de China y, en menor medida, de Rusia. En África nunca ha tenido colonias, pero sus aliados europeos se han visto desplazados por esas mismas potencias. Aunque el PIB USA es todavía un tercio mayor que el PBI chino, compite desfavorablemente en producción manufacturera y superávit comercial, ramo en que China gana por goleada. Todas las medidas ecológicas, implementadas casi en exclusiva en Europa, favorecen a China y a los países emergentes (BRICS), que no tienen mucha intención de cumplir tales compromisos.
Así que, manos a la obra de revertir la deriva de decadencia: iniciativas en política interior y exterior, y económicas y militares.
A nivel interno, el gobierno federal intenta poner freno a los programas socialmente desintegradores del mundo woke mediante retiradas de fondos y sanciones normativas. Correlativamente, en el plano exterior, cierre de la agencia gubernamental USAID para el desarrollo internacional. Y paralelamente, meter en cintura a las grandes compañías de las redes sociales, con Elon Musk y Mark Zuckerberg a la cabeza, y devolverlas al redil del servicio al estado.
En el terreno económico, forzar el retorno de las empresas americanas deslocalizadas en terceros países mediante la amenaza de aranceles contra sus productos vendidos en Estados Unidos.
En política exterior, presión arancelaria contra los países que hayan mostrado acercamiento a China (Venezuela, Panamá, México, Canadá…), no por haber sido malos, sino para plantarse en una posición de fuerza respecto a ellos. También la cúpula de la UE está en el punto de mira, sensible como es a la influencia de los lobbys pro chinos que actúan en las instituciones comunitarias.
La diplomacia se dirige a privar a China de potenciales alianzas con países clave. Se entiende que favorecer a Rusia en la resolución del conflicto ucraniano evitaría que su mejor opción fuera echarse del todo en manos de China. En esto los gobernantes europeos van en sentido contrario presentando una Rusia decidida a invadir Europa, cosa por lo demás imposible en razón de su debilidad económica, demográfica y militar. Ni siquiera la URSS pudo conquistar Afganistán.
Lo mismo se persigue fomentando el acercamiento entre Israel y Arabia Saudí, lo cual alejaría a este país de cualquier concierto con el Irán aliado de China. En este mismo sentido de aislar a Irán va también el ensañamiento de Israel contra Hamás y Hezbolá; e igualmente los bombardeos de la flota americana contra los hutíes en Yemen, los tres aliados de Irán en la zona.
Y en este ámbito militar, frenar la expansión china en la región del Pacífico es de trascendencia vital. A los tradicionales aliados (Taiwán, Japón y Corea del Sur) se ha sumado una reciente (2021) alianza estratégica militar con Australia y Gran Bretaña, que compone una pequeña OTAN del Indo-Pacífico.
En esas están, en esas estamos: entre el estado-capital mortífero y el mortífero capitalismo de estado.
EL PUEBLO
Hasta aquí un esquema de trazo grueso de todo este juego de tronos, que para las gentes del mundo es juego de hambres. Hambre de paz, hambre de salud, hambre de dignidad, hambre de libertad, hambre de vida, hambre de alma.
Contra toda esta maquinaria que amenaza triturarnos, hasta ahora la respuesta del común ha sido limitada: una resistencia en general pasiva, unas cuantas protestas públicas y algunas individuales. Contestación desde luego loable, dadas las circunstancias, pero falta de la mínima organización y cohesión necesaria. Ante el espectáculo de pelotera en las Alturas, el pueblo aparece con cara de convidado de piedra, por más que lo que se ventila en la obra es su propia vida. El abandono y renuncia del pueblo a sus valores es penosa y augura nefastas perspectivas.
Mientras los gigantes dirimen sus disputas, juegan a sus guerras, planean nuestras vidas y nuestras muertes, las masas de todas partes aparecen dispuestas a cumplir, en su cuerpo y a su costa, la voluntad del Señor y dejarse conducir al despeñadero. Para estos pastores el ganado no es más que carne de matadero; y el equilibrio natural, la belleza, la salud moral y la salud física no son más que “recursos” convertibles a dinero y fuentes de su poder; y la mentira su fundamento existencial; y el terror su medio de sojuzgar. Contra ellos, el pueblo, los pueblos, el común, la gente, los desposeídos de poder, los que malvivimos bajo el poder, los súbditos, ¿qué hemos hecho?, ¿qué hacemos?, ¿qué haremos? Porque habrá que hacer algo ¿no?
Antonio de Murcia, marzo 2025.
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